Mi padre y su convicción por el diálogo y el consenso
Por Ricardo Alfonsín

He aceptado escribir este artículo señalando el que a mi juicio sería hoy un rasgo políticamente relevante de la personalidad de mi padre. Por la sencilla razón de que me comprenden las generales de la ley, no es algo que me resulta fácil. Espero salvar el decoro.

En las actuales circunstancias, me parece apropiado hacer hincapié en la convicción de Raúl Alfonsín acerca de la importancia del diálogo en política.
En más de una oportunidad afirmó que la política sin diálogo es violencia. Que la política sin diálogo, no es política.

Más de una vez dijo que los desencuentros profundos entre los argentinos explicaban, en gran medida, nuestras penurias. Entre otras, las interrupciones democráticas.

Podría decirse que la política es la compleja tarea que tiene por objeto organizar la sociedad. El tema es que existen diferencias acerca de cómo hay que hacerlo. Y no creo que discrepemos si digo que la inexistencia de relaciones respetuosas entre quienes piensan diferente no hace otra cosa que complicar todavía más la difícil tarea de gobernar.

Y ocurre que, en el fondo, negarse a escuchar y dialogar con el que piensa diferente, es faltarle el respeto.

Como otros políticos, Alfonsín sostenía que en política nadie es dueño de la verdad o de la decisión correcta. Que la mejor manera de acercarse a esta última es a través del diálogo entre las visiones y argumentos diferentes. En otras palabras, por así decirlo, el diálogo tiene valor epistémico.

Dicho sea de paso: la humildad otorga ejemplaridad al gobernante. La ejemplaridad, a su vez, brinda confianza y tranquilidad a los ciudadanos. Estas son condiciones políticamente muy valiosas. Lejos están de asegurarla los “dueños de la verdad”. Más humildad requiere la política argentina. Su escasez no es gratis.

Es claro que para Alfonsín el conflicto es consustancial a la política. Su reivindicación del diálogo no niega las diferencias. El diálogo, en todo caso, es un recurso para abordarlas. En muchos, el mejor. Y el consenso, un resultado posible.

Sin diálogo no hay consenso. Y este es un elemento esencial en política. Para hallar acuerdos o para dar razonabilidad a la convivencia de posiciones diferentes.

Desde luego Alfonsín no reclamaba consenso para todos los temas. Pero hay asuntos que causan mucho sufrimiento y resultan muy difíciles de resolver. A ellos es más fácil abordarlos a través del consenso. Recordemos que la política, además de valores e ideas, es poder, o, mejor dicho, relaciones de poder.

La política da prueba de calidad cuando es capaz no solo de identificar esos asuntos sino de generar las condiciones para el diálogo y la decisión consensuada, que no son sino aquellas en las que todos ceden un poco. La historia demuestra que así fue como muchos países superaron los problemas más complejos que les planteaba la realidad.

La intransigencia puede sonar muy principista, sí, pero muchas veces resulta conservadora.

Termino: los problemas de los argentinos son los típicos de los países no desarrollados. La deuda de la política, que no de la democracia, es la deuda con el desarrollo.

Con otras palabras lo decía Alfonsín: Se hace necesario poner en marcha en el país una segunda transición. Ya no de la dictadura hacia la democracia, sino del subdesarrollo al desarrollo, que es mucho más que crecimiento. Resolver los problemas que nos anclan en él, no es para nada fácil. Por supuesto, no es tarea del mercado. No es su función. Es tarea de la política.

Pero no de un solo partido, ni de una sola gestión. Para encararla, como afirmaba Alfonsín, resultan ineludibles el diálogo y la búsqueda de consensos. Y no sólo entre los actores políticos, sino también entre estos y los del trabajo y la producción nacional. Se trata de lograr una combinación virtuosa de lo público y lo privado.

Ese convicción de Alfonsín acerca de la necesidad del diálogo y los consensos, me parece que es lo que hoy hay que destacar, como condición para empezar a recorrer un camino que nos permitirá no solo recuperar la autoridad de la política y la confianza de la sociedad en un horizonte compensador.